“Yo quiero rezar a fondo un hijonuestro”
Si con el trotar de los años hemos sostenido el rezar inapelable hacia un dios – llámese Alá, Jesús, Buda, etc – por qué, ahora, la humanidad no puede verter el agua de la fe hacia, no un omnipotente, sino su propio ser: el hombre del hombre.
Por qué no le rezamos a las generaciones que nos precederán, pues, una vez más, ésta se irá dentro de unas décadas dejando el mar quieto y navegador antes que la estela espumosa de dudas y reclamos contra los que dirigen el mundo, la economía, el eclipse ambiental sin remedio para la sobrevivencia, la educación ilusoria que nunca tuvimos, el criterio y la confrontación siempre como abstracciones, nuestra sempiterna desidia como bandera peruana.
La frase con la que empieza este comentario no es mía, sino de Silvio Rodríguez.
Sí, es la abdicación al dios eterno que todo lo puede para confabular entre todos los hombres un porvenir más grato sino a los hijos, a los hijos de nuestros hijos.
Veo, en caso nuestras descendencias mantengan ese espíritu saqueador de la Tierra, que la sepultura se hace más profunda con la lampa dorada que pondrá fin a nuestra existencia.
"Quizá yo sea un tranquilo y silencioso anarquista que sueña en su casa con que desaparezcan los gobiernos. Ojalá alguna vez tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias". J. L. Borges.
miércoles, mayo 14, 2008
martes, mayo 13, 2008
Seudocrónica
Fue un día olvidable para el lugar que nos acogió – entre tantos visitantes que abraza, tal vez quede la sospecha de no recordar a nadie –, pero perenne para la memoria sobrecogida de recuerdos, llena de desdichas y desventuras, de complacencia y encanto y, porque no, con ráfagas de alegría.
Tomamos El Huaralino – nuestros magros bolsillos universitarios así nos lo permite – que nos alejó de nuestra Lima la Horrible, como bien diría Sebastián Salazar Bondy, y nos enrumbamos kilómetros hacia el Norte.
El norte, sí, aquella palabra que refleja nuestro sino despresagiado, sin saber lo que nos destinará el azar: ignorando un porvenir errante.
Fue ahí donde nos dirigimos: Chancay, distrito de Huaral, 83 kilómetros tierra al Norte. Claro, tuvimos que flechar Pasamano: aquel serpentín indomable, cerril arenoso que se extiende cuesta arriba, guarida perfecta de donde se avizora el Pacífico, pies siempre besados por aguas indómitas, creador de vértigos alocados, culebra negra y movediza de vista aviónica, derrochador de neblinas fantasmales que, de cuando en cuando, procuran el fin de nuestra existencia.
Por unos minutos, nuestras vidas penden de las manos puestas al timón, brota la duda de saber que tal vez exista una dependencia tácita incluso de la vida más emancipada.
De pronto alguien nos despierta de nuestro aletargamiento reflexivo que nos procuró el mar. “Chancaaay” se escucha.
Bajamos y sentimos que el sol imprudente nos golpea el cuerpo. Cruzamos a la culebra negra e infinita y se acercan los choferes que nos señalan sus motos, autos, ticos, etc… (Los legendarios Castillos de Chancay están a unos pocos minutos de más viaje).
Tomamos una moto – nuestros magros bolsillos universitarios así nos lo permite – y, con una neblina de tierra, nos acercamos hacia los Castillos y las orillas del Pacífico.
Gracias a al bisnieta del virrey Amat, estos Castillos supieron crecer al tiempo, a la naturaleza, a la burocracia.
Sí, aquel Virrey que alguna vez enloqueció por Micaela Villegas, aquella muchachita que, de corta edad, tuvo que cargas con una docena de hermanos al estrado.
Por ratos, al contemplar estos Castillos, se tiene en la memoria no empírica el recuerdo de una época cruda, cargada de asesinatos institucionalizados siempre en nombre de ley religiosa pues por aquellos siglos abrir una puerta profana y distinta al pensamiento eclesiástico era la guillotina aplaudida, la parrillada humana que se festejaba en nombre de fe: la época de las ideas arrodilladas al orden medieval.
Por otros ratos, en cambio, nos recuerdan también a la fidelidad. A ese incondicionable caballero llamado El Cid que guarda una lealtad eterna.
Pagamos el recorrido guiado y subimos la pendiente castillesca para avizorar el mar.
Nos cuentan que estos Castillos han cobrado cierta reputación para los matrimonios.
Quizá exista cierto romanticismo para el ensogamiento al lado de estas torres.
De todas maneras, por estos Castillos de Chancay no debe existir envidia alguna por aquellos monumentos toledanos que reflejan lo vivido muchos siglos remotos.
El guía nos habla sobre la década del 40, tiempo en que se gestaron estas columnas armónicas y orgullo de la ciudad de Chancay.
Nos lleva acaso por recorridos interminables pero que guardan estrechez con lo bello, con lo admirable, con la majestuosidad.
Al salir, contemplamos nuevamente el mar y, como si fuera un acuerdo tácito, nos dirigimos a él.
Tocar sus aguas es tocar Historia.
Elevar el Pacífico entre las manos que se escurren por los dedos es tener el pasado como presente y querer siempre que nunca haya pasado.
Retumba la frase de un historiador que había afirmado: “Después de la Guerra con Chile, el Perú perdió la autoestima de país lleno de esplendor”.
Muchos veraneantes desclavan sus sombrillas para retornar a la rutina, a la monotonía que es la esclavitud de nuestros tiempos. Y, cosa paralela, nosotros, un grupo universitario, volvemos la vista atrás sin querer y nos encaminamos por las huellas dejadas al hacer camino.
Una vez más tomamos una moto – nuestros magros…- que nos lleve a la carretera principal.
Cosa curiosa: viene como agrandándose cada vez más El Huaralino que nos devolverá a Lima, la esperpéntica. Pero acaso la Capital sea una ciudad insustituible.
Paramos, subimos, apresura el rodar de las llantas y nosotros, con el corazón bajo los pies, sentimos, una vez más, el vértigo inmaculado de atravesar a la culebra negra que se mueve serpenteante.
Tomamos El Huaralino – nuestros magros bolsillos universitarios así nos lo permite – que nos alejó de nuestra Lima la Horrible, como bien diría Sebastián Salazar Bondy, y nos enrumbamos kilómetros hacia el Norte.
El norte, sí, aquella palabra que refleja nuestro sino despresagiado, sin saber lo que nos destinará el azar: ignorando un porvenir errante.
Fue ahí donde nos dirigimos: Chancay, distrito de Huaral, 83 kilómetros tierra al Norte. Claro, tuvimos que flechar Pasamano: aquel serpentín indomable, cerril arenoso que se extiende cuesta arriba, guarida perfecta de donde se avizora el Pacífico, pies siempre besados por aguas indómitas, creador de vértigos alocados, culebra negra y movediza de vista aviónica, derrochador de neblinas fantasmales que, de cuando en cuando, procuran el fin de nuestra existencia.
Por unos minutos, nuestras vidas penden de las manos puestas al timón, brota la duda de saber que tal vez exista una dependencia tácita incluso de la vida más emancipada.
De pronto alguien nos despierta de nuestro aletargamiento reflexivo que nos procuró el mar. “Chancaaay” se escucha.
Bajamos y sentimos que el sol imprudente nos golpea el cuerpo. Cruzamos a la culebra negra e infinita y se acercan los choferes que nos señalan sus motos, autos, ticos, etc… (Los legendarios Castillos de Chancay están a unos pocos minutos de más viaje).
Tomamos una moto – nuestros magros bolsillos universitarios así nos lo permite – y, con una neblina de tierra, nos acercamos hacia los Castillos y las orillas del Pacífico.
Gracias a al bisnieta del virrey Amat, estos Castillos supieron crecer al tiempo, a la naturaleza, a la burocracia.
Sí, aquel Virrey que alguna vez enloqueció por Micaela Villegas, aquella muchachita que, de corta edad, tuvo que cargas con una docena de hermanos al estrado.
Por ratos, al contemplar estos Castillos, se tiene en la memoria no empírica el recuerdo de una época cruda, cargada de asesinatos institucionalizados siempre en nombre de ley religiosa pues por aquellos siglos abrir una puerta profana y distinta al pensamiento eclesiástico era la guillotina aplaudida, la parrillada humana que se festejaba en nombre de fe: la época de las ideas arrodilladas al orden medieval.
Por otros ratos, en cambio, nos recuerdan también a la fidelidad. A ese incondicionable caballero llamado El Cid que guarda una lealtad eterna.
Pagamos el recorrido guiado y subimos la pendiente castillesca para avizorar el mar.
Nos cuentan que estos Castillos han cobrado cierta reputación para los matrimonios.
Quizá exista cierto romanticismo para el ensogamiento al lado de estas torres.
De todas maneras, por estos Castillos de Chancay no debe existir envidia alguna por aquellos monumentos toledanos que reflejan lo vivido muchos siglos remotos.
El guía nos habla sobre la década del 40, tiempo en que se gestaron estas columnas armónicas y orgullo de la ciudad de Chancay.
Nos lleva acaso por recorridos interminables pero que guardan estrechez con lo bello, con lo admirable, con la majestuosidad.
Al salir, contemplamos nuevamente el mar y, como si fuera un acuerdo tácito, nos dirigimos a él.
Tocar sus aguas es tocar Historia.
Elevar el Pacífico entre las manos que se escurren por los dedos es tener el pasado como presente y querer siempre que nunca haya pasado.
Retumba la frase de un historiador que había afirmado: “Después de la Guerra con Chile, el Perú perdió la autoestima de país lleno de esplendor”.
Muchos veraneantes desclavan sus sombrillas para retornar a la rutina, a la monotonía que es la esclavitud de nuestros tiempos. Y, cosa paralela, nosotros, un grupo universitario, volvemos la vista atrás sin querer y nos encaminamos por las huellas dejadas al hacer camino.
Una vez más tomamos una moto – nuestros magros…- que nos lleve a la carretera principal.
Cosa curiosa: viene como agrandándose cada vez más El Huaralino que nos devolverá a Lima, la esperpéntica. Pero acaso la Capital sea una ciudad insustituible.
Paramos, subimos, apresura el rodar de las llantas y nosotros, con el corazón bajo los pies, sentimos, una vez más, el vértigo inmaculado de atravesar a la culebra negra que se mueve serpenteante.
miércoles, mayo 07, 2008
Wilde, más vivo que nunca
En la sección de libros de un supermercado se acerca lentamente un cuerpo tendido al sol: adornado de pecas que invitan al deseo, ojos de laguna provinciana dormida al tiempo, popa pomposa de negra africana, proa cerril cubierto de collares, melena desbordante que galopa al viento y, sin la presunción que le otorgo: mujer crecida de exquisiteces terrenales.
Y viene, se acerca, recorre una mirada desdeñosa sobre los libros que ojeo y sigue…
Se va, y busca perdidamente un objeto, tal vez un libro nuevo, pienso. Repasa la mirada en revistas, encuentra una, coge, lo lleva: Vanidades.
Triste y desilusionado llega como un silbido lejano aquella frase de Oscar Wilde: “Bellas criaturas descerebradas”.
Y viene, se acerca, recorre una mirada desdeñosa sobre los libros que ojeo y sigue…
Se va, y busca perdidamente un objeto, tal vez un libro nuevo, pienso. Repasa la mirada en revistas, encuentra una, coge, lo lleva: Vanidades.
Triste y desilusionado llega como un silbido lejano aquella frase de Oscar Wilde: “Bellas criaturas descerebradas”.
miércoles, abril 23, 2008
Gracias Neruda
Ayer – hacía ya mucho que no ocurría esto – tuve la sospecha de estar desperdiciando el tiempo.
Ocurre que me levanto y me abraza la apatía.
Ocurre que la modorra quiere aún retenerme cuando el almuerzo ya está en la mesa.
Cada acto, entonces, se vuelve de una proeza que ni con todas las fuerzas que no tengo, debo realizar.
Si, ya lo había escuchado: la vida en sí no tiene sentido, eso es inapelable. Pero lo cierto es que el condimento sustancial que le otorgamos hace que adquiera un sentido, pues si no lo tiene: hay que dárselo. ¿Cómo? Teniendo un norte claro y alcanzable.
Pero ayer, al entrar a la universidad, el simple hecho de mostrar mi carné al vigilante –cosa cotidiana, ridícula, monótona- fue toda una hazaña que, siguiendo las creencias religiosas, ya me hubiera ganado el cielo: cuando la desidia no nos suelta, mover el dedo nos parece haberlo ganado todo.
Una vez dentro, por las alternancias de ideas que vienen y fugan, vino una que no pudo haber sido tan oportuno en otro momento.
“Sucede que me canso de ser hombre” fue el latigazo ardiente que vertieron en mis sesos.
“Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra”.
Y Neruda seguía con su WALKING AROUND, aquel poema que nos dibuja a todos en algún instante de nuestra amargura existencia de ser lo que es y no poder pegar el grito de cambiarlo.
“No quiero para mí tantas desgracias” sí, la duda sobre el reflejo del hombre se disipa con ese verso. ¡Cómo nos entendía!
Ayer fue martes. Pero lo sentí más lunes que domingo tal vez por encajar unos versos que siguen del mismo poema:
“Por eso, el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel”
Alguna vez escuché a alguien decir que leía poesía no para sentirse en un estado levitativo o para sosegar el espíritu, sino, y tal vez tenga razón, para desintoxicarse del día a día.
Por comprendernos a pesar de nuestras complejidades y por verter el agua desbendecida que engullimos con placer, gracias Neruda.
Ocurre que me levanto y me abraza la apatía.
Ocurre que la modorra quiere aún retenerme cuando el almuerzo ya está en la mesa.
Cada acto, entonces, se vuelve de una proeza que ni con todas las fuerzas que no tengo, debo realizar.
Si, ya lo había escuchado: la vida en sí no tiene sentido, eso es inapelable. Pero lo cierto es que el condimento sustancial que le otorgamos hace que adquiera un sentido, pues si no lo tiene: hay que dárselo. ¿Cómo? Teniendo un norte claro y alcanzable.
Pero ayer, al entrar a la universidad, el simple hecho de mostrar mi carné al vigilante –cosa cotidiana, ridícula, monótona- fue toda una hazaña que, siguiendo las creencias religiosas, ya me hubiera ganado el cielo: cuando la desidia no nos suelta, mover el dedo nos parece haberlo ganado todo.
Una vez dentro, por las alternancias de ideas que vienen y fugan, vino una que no pudo haber sido tan oportuno en otro momento.
“Sucede que me canso de ser hombre” fue el latigazo ardiente que vertieron en mis sesos.
“Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra”.
Y Neruda seguía con su WALKING AROUND, aquel poema que nos dibuja a todos en algún instante de nuestra amargura existencia de ser lo que es y no poder pegar el grito de cambiarlo.
“No quiero para mí tantas desgracias” sí, la duda sobre el reflejo del hombre se disipa con ese verso. ¡Cómo nos entendía!
Ayer fue martes. Pero lo sentí más lunes que domingo tal vez por encajar unos versos que siguen del mismo poema:
“Por eso, el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel”
Alguna vez escuché a alguien decir que leía poesía no para sentirse en un estado levitativo o para sosegar el espíritu, sino, y tal vez tenga razón, para desintoxicarse del día a día.
Por comprendernos a pesar de nuestras complejidades y por verter el agua desbendecida que engullimos con placer, gracias Neruda.
martes, abril 22, 2008
La utopía anarquista
Recorriendo librerías sin un cobre en los bolsillos – cosa habitual, casi mecánica – veo que Orhan Pamuk tituló a una de sus obras: Me llamo rojo.
Y como las asociaciones de ideas se cumplen de cuando en cuando, sosteniendo el libro de Pamuk, que tal vez nunca leeré, recordé aquellos fusiles que nos salían como escupitajos a mi padre y a mí por tratar de defender sus posturas.
Al final, e ignorando muchas cosas de lo que seguramente yo haya dicho, él sentenció: “Tu eres rojo”.
Me fui creyendo serlo. Pero al instante me dije que no lo era, tal vez porque no puedo ser algo que desconozco, o acaso ignore minuciosamente la historia como para pretender serlo.
No se puede ser lo que se ignora.
Mucho tiempo después, en otra conversación con un amigo que defendía posturas extremistas pero que me reflejaba el mosaico de pensamientos que el hombre puede tener, dije, quizá de forma irresponsable, ser un anarquista.
Tal vez el agua influyente del anarquismo borgeano discurrió por mis sienes.
Recordé al Borges pequeño cuyo padre lo llevó a la plaza y, señalando a la Iglesia le dijo: Fíjate bien, mira bien esos santuarios, porque dentro de poco ya no lo verás, como tampoco verás eso –el palacio de gobierno –.
Décadas después Borges diría: “Quizás yo sea un tranquilo, silencioso anarquista, que sueña en su casa con que desaparezcan los gobiernos. Descreo de las fronteras, y también de los países, ese mito tan peligroso. Sé que existen y espero que desaparezcan las diferencias angustiosas en el reparto de la riqueza. Ojalá algún día tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias”.
Luego imaginé la vida sin religión, sin gobiernos y, efectivamente, sin fronteras: el idealismo utópico inalcanzable.
Porque los sueños son esas realidades paralelas que mueren al volver a la vida.
Y como las asociaciones de ideas se cumplen de cuando en cuando, sosteniendo el libro de Pamuk, que tal vez nunca leeré, recordé aquellos fusiles que nos salían como escupitajos a mi padre y a mí por tratar de defender sus posturas.
Al final, e ignorando muchas cosas de lo que seguramente yo haya dicho, él sentenció: “Tu eres rojo”.
Me fui creyendo serlo. Pero al instante me dije que no lo era, tal vez porque no puedo ser algo que desconozco, o acaso ignore minuciosamente la historia como para pretender serlo.
No se puede ser lo que se ignora.
Mucho tiempo después, en otra conversación con un amigo que defendía posturas extremistas pero que me reflejaba el mosaico de pensamientos que el hombre puede tener, dije, quizá de forma irresponsable, ser un anarquista.
Tal vez el agua influyente del anarquismo borgeano discurrió por mis sienes.
Recordé al Borges pequeño cuyo padre lo llevó a la plaza y, señalando a la Iglesia le dijo: Fíjate bien, mira bien esos santuarios, porque dentro de poco ya no lo verás, como tampoco verás eso –el palacio de gobierno –.
Décadas después Borges diría: “Quizás yo sea un tranquilo, silencioso anarquista, que sueña en su casa con que desaparezcan los gobiernos. Descreo de las fronteras, y también de los países, ese mito tan peligroso. Sé que existen y espero que desaparezcan las diferencias angustiosas en el reparto de la riqueza. Ojalá algún día tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias”.
Luego imaginé la vida sin religión, sin gobiernos y, efectivamente, sin fronteras: el idealismo utópico inalcanzable.
Porque los sueños son esas realidades paralelas que mueren al volver a la vida.
viernes, abril 11, 2008
La fertilidad del tiempo
Escribir sobre la cotidianeidad es estrictamente grotesco. O como decía el buen Julio Ramón: “La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles”.
Entonces, si la trivialidad acompaña nuestros días, no somos más que entes expulsadores de vanalidades que a nadie importa.
Nuestros actos, monocorde a las minucias efímeras –como diría Borges – de nuestras palabras, multiplica la sensación de desperdicio alargado que nos aqueja.
Pero, para no caer en la desgracia del ateismo que es la creencia de no creer en nada y tener como abanderada a la esperanza levitadora, tal vez nuestros únicos actos fecundos, como ya lo dijo Ribeyro, son las horas empleadas en leer o escribir un libro.
Entonces, si la trivialidad acompaña nuestros días, no somos más que entes expulsadores de vanalidades que a nadie importa.
Nuestros actos, monocorde a las minucias efímeras –como diría Borges – de nuestras palabras, multiplica la sensación de desperdicio alargado que nos aqueja.
Pero, para no caer en la desgracia del ateismo que es la creencia de no creer en nada y tener como abanderada a la esperanza levitadora, tal vez nuestros únicos actos fecundos, como ya lo dijo Ribeyro, son las horas empleadas en leer o escribir un libro.
jueves, abril 10, 2008
El autómata
Soy un autómata. El envolvente estado de putrefacción mental que me aqueja me lleva a efectos nefastos como ese. Claro, la plural y conspiratoria gama de sucesiones hacia el olvido neuronal y crítico tienen peso propio. De repente busco trabajo. Lo encuentro. Sobrevivo. Me vuelvo en una máquina que aún no fabrican. Y todo se vuelve sistemático, monótono, trivial, o tal vez netamente humano pues de nosotros todo se espera. Nadie te pide que pienses: no genera ingresos.
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