domingo, octubre 12, 2008

El hombre del otro día

Lo veo reclamando, pidiendo a gritos, insultado y escupido. Donde vaya, pienso que su vehemencia y temeridad siempre harán que salga de los restaurantes a empujones.
Tal vez su locura no es otra cosa que la desdicha de saber que tenemos una programación posmoderna que no nos permite vislumbrar un eco, una llamada, el contacto, la conversación…

Por eso, cuando aquel hombre vuelva a ingresar a los locales públicos pedirá que se le apague el televisor, que bajen el volumen estridente de una canción sin sentido, que detengamos esa modorra pasiva que nos envuelve en un aletargamiento.
Y lo empujarán, dirán que es un loco de mierda, que: vete a tu casa viejo cojudo, anda conversa con tu madre, déjame ver mi partido viejoemierda…

Y él, acaso por querer ese calor humano anestesiado, seguirá pregonando por un minuto introspectivo y tal vez infinito, pues queda la sospecha de saber que esos segundos son los que realmente cuentan en la fulgurante carrera de nuestra vida efímera y fugaz.
O como bien dijo alguien por ahí: de una vida de 80 años, lo verdaderamente vivido se compone de, a lo mucho, unos vivificantes meses.

La televisión estará ahí, de repente ya inamovible.
Recuerdo cuando el padre de Mafalda le pregunta a su hija que está sentada frente al televisor apagado: “Pero, hija, porque miras el televisor apagado” Mafalda: “Es que he querido pensar un rato”.

viernes, septiembre 26, 2008

Los misiles...

Las palabras son misiles que van a parar a las sienes. No matan; destruyen.
Algunas se pueden recoger del polvo de un libro; otras, de quienes incluso no sospechábamos idea genuina, o frase loable.

Aquellas que se dicen desde la recóndita honestidad, desde los tugurios del alma o acaso desde el vaho humeante de nuestras entrañas y visceras, son - y siempre han sido - las que se llevan en la memoria como tinta indeleble. ¡Vaya uno a saber hasta cuándo!

Recuerdo cuando un profesor a veces se ufanaba de las curiosidades que tenía: lap top, un 4x4, teléfonos que me sorprendían no por su sofisticación sino tal vez por saber que se están creando una estela de aparatos que no necesitamos.
Cierto día, este profesor, abanderado de la humildad, en una pregunta que le hicieron y que, inexorablemente, lo llevó a recorrer pasajes de su infancia, se paró y, mirándonos a todos dijo, ya como un hábito, todo lo que poseía. Pero este regreso a la infancia hizo que viera, acaso solo por esa vez, cuánto había cambiado.

"Y, a pesar de todo, a pesar de tenerlo todo. De todas las exquisisteces y comodidades que me brinda el bienestar económico, creo que los mejores momentos de mi vida transcurrieron en las pampas de la serranía donde tenía toda la libertad de correr a mis anchas, quizá aquellos tiempos fueron los más felices de mi vida".

lunes, septiembre 22, 2008

No son solo niños...

Y Paco seguirá llorando. Humberto, también, seguirá gritando, pregonando, aullando que su padre lo puede todo, porque todo lo tiene: el dinero.
Y da ganas de decirle a Paco: Paco, carajo, levántate y sácale la mierda. No te dejes maniatar. Pero Paco, ¡ay' seguirá llorando.

Y llora por las injusticias del niño Humberto. Por los ojos descoloridos por la tristeza, por el miedo, por el dinero que envuelve a los Greeve en una arrogancia inefable.

Retumba en la mente: Paco somos todos. Como un eco eterno Vallejiano que nos habla desde el Mountrouge. No, no lo traigan. Que se quede para siempre allá, ¿aquí? ¿para qué? si solo encontró desdichas y engaños en esta Lima la horrible.

El niño Greeve es un sistema. ¡Cómo negarlo! En la constancia del sometimiento hacia el débil, hacia Paco, el niño Greeve no es un niño, sino una creación del poder, un instrumento de saciar, con perjuicios regados, el Yo y el solamente Yo.
Fariña, en sus insistencias de animar a que se defienda Paco, acaso encuentre la vejación sin remedo de la creación de la arrogancia.

Ni Dios, si acaso existe, puede remolinar a Paco y a Humberto juntos, como dos hermanitos. Pero tal vez quede la sospecha de saber que Dios es el viento que nos empujará hacia un porvenir incierto, abismal, pero dichoso.

jueves, septiembre 11, 2008

Impresiones

Presentaciones sobre personajes que hicieron Historia.
Los chicos desfilaban al frente para introducir sus mp3 y presentar sus “exposiciones”.
El parámetro impuesto por el ‘profesor’ me pareció, desde un inicio, injusto.
Y él, como imagen, un ocaso, un tenue discurrir sobre naderías.
“En este curso quiero que se relajen, que se vacilen”. Ahí se suicidó.
¿Presentar a hombres tan nobles como Carrión, Vargas Llosa (como escritor), y a José María Arguedas y, desde mi otro extremo – el Catolicismo – a esos santos venerados como San Martín y Santa Rosa en cinco efímeros minutos? Bueno, ustedes dirán, pero era para perder ‘el miedo escénico’.

Para aquel que ignora lo que estoy escribiendo, resumo: curso de Redacción Publicitaria. Trabajo: exponer sobre personajes indiferentes a esa ‘disciplina’. Objetivo: aún no lo sé.
La forma en cómo se tenía que presentar era libre. Claro, libertad encerrada en los herméticos cinco minutos.
De mi participación no me acuerdo. Mejor.
Pero la constante es esta: expusimos sobre personajes que desconocemos. ¿Qué encierra eso? La eterna desidia por la investigación. ¿Acaso alguien – aparte de uno o dos compañeros que conozco – ha leído a Arguedas o Vargas Llosa para hablar sobre ellos?
Y desde luego, las palmas se lo llevaron aquellos ‘creativos’ y fieles devotos de Santa Rosa con una parodia digna de un humor atiznado.

Recuerdo cuando Vargas Llosa dudó de su vocación literaria. Fue en San Marcos. Él nos lo recuerda en El pez en el agua. Decía que aquel profesor de diminutas manos y unos encendidos ojos azules, dictaba tan elocuentemente su cátedra sobre Historia que, una vez que se iniciaba su clase, todos creaban imágenes mentales para remontarse algunos siglos atrás y dibujar con las palabras del ilustre profesor sanmarquino. Era Raúl Porras Barrenechea. El escritor entonces se preguntó si quería realmente ser eso: un escritor, o, por el contrario, y atraído por los pasajes de la Historia tan bien contadas por su maestro, un historiador.
A lo que quiero llegar es a esa marca indeleble que dejan las palabras. La influencia que, con el trotar de los años, recibimos y las hacemos nuestras.
A falta de buenos maestros, se busca refugio en los libros. No es gratuito que haya muchos que escogen el camino de la autodidáctica, entonces.
Seguiremos desfilando al frente, tal vez encontremos buenos trabajos en un futuro, nos llenaremos de elogios y dichas, y, dentro de todo, eso es lo que realmente importa ¿no?
¿Cuándo se jodió la universidad, Savalita?

miércoles, agosto 27, 2008

Un cariño usurpado

"Es por eso que te quiere mucho. Su primer hijo se murió y tu asumiste ese querer".
¿Qué pasa por la mente de una madre que ha perdido a su hijo? ¿A dónde va ese cariño acumulado durante nueve meses y que, por las vicisitudes de la historia personal, se lo arrebatan sin aviso? ¿Cuánto dura un cariño muerto? y hasta dónde puede usurpar ese sentimiento estancado en el que viene, en el otro hijo. ¿Se puede lograr el cambio de piel, de ojos, de sonrisa, de, en suma, un nuevo ser?
Como si a costa de un trauma, aquel otro hijo asume la posición del que se fue e inconscientemetne atesora el amor maternal ajeno. Que nunca fue de él.
¿Cómo cargar con un amor que no te pertenece? y hasta que extremo se sigue con desdichas eternas que nos persiguen hasta la muerte.
Mutantes de amor, siguen la senda que la estela espumosa de residuos afectivos dejó un amor original ido.
Ya ni las enfermedades que laceran el cuerpo pasan los límites de la desdicha subyugada de aquel que ha robado un ser, un cariño, que tal vez nunca le perteneció.
Cuando se percibe estas formas de la nada - porque toda usurpación es nadería - se percata entonces de que la vida, en todas sus acepciones, es una mierda que levita con su traje oscuro y su rostro velado.
Orfandad.

viernes, agosto 22, 2008

¿Recuerdo?

Dices que antes te hacía levitar. Que su presencia imponente atenuaba todo problema en casa, en el trabajo, hasta en tu descalificada vida.
Una vez te dormiste en sus sábanas, sin siquiera sentir su brisa como mil agujas que laceran tu cuerpo. Te dormiste al pie de un árbol y quisiste que la vida fuera eterna. Te derpestaste y honraste la vida, glorificaste tus días, te llenaste de júbilo: contemplabas aún el vaivenear de su cuerpo sempiterno.
Sentías un gran respeto, a veces hasta temor. Aquel día, te sumergiste en sus brazos hasta llegar a la calma que reina muy adentro, volteaste y el palpitar de la vida se esfumaba de tus sentidos; como figuras borrosas veías a todos en la lejanía de mil desdichas y, más allá de todo obstáculo que nunca venciste, en ese instante eterno para la memoria, te libraste de todo, venciste todo, te sentiste Dios y Hombre, recuerdo y olvido, felicidad y desdicha, vida y muerte.

miércoles, agosto 13, 2008

Carta a Violeta

Cuando Gustavo Valcárcel escribió Carta a Violeta - su eterna amada - tal vez nunca imaginó el eco sempiterno que, con el trotar de los años, este poema traería.
Resumo el poema:


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Después de tantos meses de silencio
sentí esta mañana el deseo de escribirte
de escribirte una cosa muy sencilla:
para tanto amor, hemos sufrido poco,
para tanto amor, hemos hablado poco,
para tanto amor, no hemos vivido nada.

Vivir -¿me oyes?- vivir un día nuevo
en el que nadie nos persiga
ni nadie nos embargue
ni se nos corte la luz por unos pesos
ni se nos acuse de extranjeros.

Vivir un día nuevo
en el que trabajemos sin lágrimas ni odios
pudiendo sentirnos camaradas de todos
y en el que por fin nos sea devuelto
el Perú de nuestras entrañas, nuestro Perú del llanto.

Vivir -¿me oyes?- vivir un día nuevo
en el que la vergüenza no nos astille el ojo
como cuando se enteran nuestros hijos
de esta paternal orfandad de dos monedas.

Vivir un nuevo día. Un día, en suma,
en el que podamos cantar todos los hombres
después de sentarnos en la yerba
a jugar a la comidita
-como dice nuestra hija-
sin que a nadie le falte qué comer.
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