Mi hermano el próspero
sumergido en su sofá versallesco
preludia
como elefante en suave regocijo
su siesta.
Mira el mar en la falsa profundidad de la pecera
y organiza la tarde como si fuera un negocio.
Sólo oigo girar la rueda de la fortuna
cuando me acerco sigiloso para mirar a través de su ojo
y el caracol que nos anunció el mar que desconocíamos
se ha convertido
en cornucopia.
Lo rodea un aire robusto, un aire de torre gorda
y menos que gusano soy
ante la concurrencia de parientes y público en general.
A veces pienso en mi padre
que nos aguarda a todos entre la niebla
bebiendo el licor de las botellas vacías,
seguro se alegra
seguro me invita un trago
si le arribo sin chequera
y de todos el más escaldado.
"Quizá yo sea un tranquilo y silencioso anarquista que sueña en su casa con que desaparezcan los gobiernos. Ojalá alguna vez tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias". J. L. Borges.
sábado, marzo 20, 2010
jueves, marzo 18, 2010
El guardián del hielo (José Watanabe)
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
sábado, marzo 13, 2010
Confesiones
Con el paso de los meses descubro que no he hecho nada, que de nada me servió la renuncia a la Casa de la Literatura y que la mentira me ha acompañado en estos días nefastos, crueles, olvidales y pasajeros. Cuando decidí escribir de cuando en cuando en este espacio lo que pretendí era dejar una huella que acaso para mi memoria obtusa tenga dificultades cuando me coja la nostalgia y no sepa qué recordar o, quizá para decir algo, tendría que refugiarme en un cinismo más. La mentira, sí. Tal vez sirvió para calmar unos ánimos embravecidos que quise nunca despertarlos. Y lo conseguí. Entonces los días transcurrieron sin que nadie se enterara de las visitas nocturnas, de las salidas desesperadas, de las presiones económicas que me cercaron sin que llegaran a dejarme sin aliento. Porque salí, como salí triunfal de dificultades anteriores sin despertar una mirada celosa, sin que nadie pegara el grito.
Y me reconforta saber que sigo en andadas que solo a mí me perjudican. Y que, como diría Ribeyro, el dolor aguza también el ingenio, cuando no mata. Y me reconforta también que no estoy muerto y que el ingenio y las ideas deben brotar como un batir alas de donde, por fin, tenga un norte claro y alcanzable, querible y anhelado, sacrificado y riguroso. Es ahí a donde apunto. Y es ahí donde el hecho de estar en una universidad no me va conducir. Porque descubro también con mayor certeza por estos días azules y este sol de la infancia - perdón, a veces viene Machado con sus últimos versos en su chaqueta - que todo lo aprendido en una escuela de Comunicaciones no será más que una suma de conceptos para dar un examen, para verse en el siguiente ciclo salvo y aprobado, para verse, una vez con los pies fuera de la guarida académica, con el cerebro limpio y celestial de cinco años cargados de naderías. La modorra y la indolencia, convertidas en pantallas donde la tertulia cibernética es la bandera de esta generación y los libros simples objetos que nos recuerdan al tedio, han confabulado para que la cultura sea un anacronismo, sea una malhumorada profesora de colegio, una vieja pidiendo limosna en la calle por donde pasamos con los emepetrés a todo volumen, desdeñándola, marginándola, ignorándola.
Me preocupa pensar en el periodismo. Pero, para ser más honestos, diré que esa preocupación es un eufemismo que se refugia en el temor. Sí. Porque ese oficio más hermoso del mundo -Gabo dixit- se emparenta con el riesgo, con la bravura de una marea donde debemos ser salmones que nadan a contracorriente. Por mi carácter a veces hosco e irascible debo admitir que el costo de mantenerme firme en el periodismo será doble, acaso por la dispersión y la falta de continuidad. Pero este oficio implica la temeridad puesta al servicio de la verdad y la necesidad de expresarlo todo, contarlo todo, leerlo todo. Es mi terapia, diría Woody Allen durante el rodaje de su película, cuando éstá en su elemento; es mi terapia, repito yo -cuando escribo, cuando, por unos instantes, soy irremplazable - al garabatear estas ideas que solo expresan confesiones de alguien que sigue el la búsqueda de aquella cosa inalcanzable y escurridiza: la felicidad.
Y me reconforta saber que sigo en andadas que solo a mí me perjudican. Y que, como diría Ribeyro, el dolor aguza también el ingenio, cuando no mata. Y me reconforta también que no estoy muerto y que el ingenio y las ideas deben brotar como un batir alas de donde, por fin, tenga un norte claro y alcanzable, querible y anhelado, sacrificado y riguroso. Es ahí a donde apunto. Y es ahí donde el hecho de estar en una universidad no me va conducir. Porque descubro también con mayor certeza por estos días azules y este sol de la infancia - perdón, a veces viene Machado con sus últimos versos en su chaqueta - que todo lo aprendido en una escuela de Comunicaciones no será más que una suma de conceptos para dar un examen, para verse en el siguiente ciclo salvo y aprobado, para verse, una vez con los pies fuera de la guarida académica, con el cerebro limpio y celestial de cinco años cargados de naderías. La modorra y la indolencia, convertidas en pantallas donde la tertulia cibernética es la bandera de esta generación y los libros simples objetos que nos recuerdan al tedio, han confabulado para que la cultura sea un anacronismo, sea una malhumorada profesora de colegio, una vieja pidiendo limosna en la calle por donde pasamos con los emepetrés a todo volumen, desdeñándola, marginándola, ignorándola.
Me preocupa pensar en el periodismo. Pero, para ser más honestos, diré que esa preocupación es un eufemismo que se refugia en el temor. Sí. Porque ese oficio más hermoso del mundo -Gabo dixit- se emparenta con el riesgo, con la bravura de una marea donde debemos ser salmones que nadan a contracorriente. Por mi carácter a veces hosco e irascible debo admitir que el costo de mantenerme firme en el periodismo será doble, acaso por la dispersión y la falta de continuidad. Pero este oficio implica la temeridad puesta al servicio de la verdad y la necesidad de expresarlo todo, contarlo todo, leerlo todo. Es mi terapia, diría Woody Allen durante el rodaje de su película, cuando éstá en su elemento; es mi terapia, repito yo -cuando escribo, cuando, por unos instantes, soy irremplazable - al garabatear estas ideas que solo expresan confesiones de alguien que sigue el la búsqueda de aquella cosa inalcanzable y escurridiza: la felicidad.
viernes, marzo 05, 2010
La infelicidad absoluta
Bueno, al parecer son etapas de una vida que se va descartando, tratando de hacer olvidable y borrable lo que sé que será imposible de sacar de la memoria. Son pasajes. Somos pasajeros efímeros y, como bien lo dijo Fernando de Szyszlo, tenemos esa monstruosidad llamada memoria y nos sabemos y reconocemos de nuestra condición fugaz y, por desgracia, guardamos secretamente la idea de la muerte, a pesar de algunos.Creo salir de un problema. Pero, ¿qué es un problema? No. No creo que sea lo que los falsos optimistas afirman al decir que es una oportunidad para el existo; no, esas son miserias de frases para levantar a las mentes caídas que la realidad misma va atenuando. Un problema, dificultad o lo que fuera no es más que la necesidad de estar en ello. Porque, ¿cómo conoceríamos la tranquilidad sin antes haber conocido las cargas de la desgracia? Entonces es una etapa, un pasaje hacia un paradero donde, a pesar nuestro, debemos bajarnos. Una parada inútil para algunos, reconfortable para otros, pero indispensable para todos.
Pero la peor desgracia no es haber caído. No, ahora me doy cuenta de que esa parada es solo una suerte de saber quienes están en tu móvil, en tu agenda, en tu lista de contactos para contarlo todo, soltarlo todo, moquear con alguien... y, si no hay quien secretea tus confesiones banales y anodinas, entonces la infelicidad ha tocado tu piel, la desgracia absoluta se sentó en tu puerta. Entonces la muerte es una puta sidosa que te espera con las puertas abiertas; la amistad, simple palabra abstracta; los libros, puertos sin agua...
Es cuando, al fin, te descubres muerto, a pesar de ti.
Amén.
jueves, enero 28, 2010
La Casa de la tortura
Balance de todos estos tiempos en la Casa. Sin rumbo. Sin plan. Sin estrategias. Todo al caballazo. La improvisación a toda marcha. Presupuesto invisible. Pero, ¿en qué estuve pensando al confiar en un Estado que no le interesa la cultura? !Que nunca le interesó! Entonces el error es compartido. La meta: medio millón. ¿planeada acaso por un grupo de intelectuales que se sentaron en una mesa redonda y edificaron el objetivo? No. Medio millón, ¿tal vez llegada desde un comunicado de catedráticos de literatura que aportaron sus opiniones sobre un plan estratégico? Tampoco. Esta meta no es más que una frase disparatada de un presidente que, botando uno de sus egos frente a periodistas serviles o frente a una adminitración también esclavizada, dijo, sin que nadie le contradiga: "quiero medio millón". Y fue así que todos comenzaron a empujar la rueda sin importarles siquiera si aquel visitante le interesó, por asomo de unos minutos valiosos, la Literatura en sí. Y el público objetivo. No, eso no importa. Todos cuentan, todos vales... por lo menos para cruzar el umbral de la entrada. !Ya está! !Ya ingresó! Cosa tan absurda.
Toda idea parida de la propia improvisación no es más que un nacimiento abortivo. Y yo, ocupando un cargo para alimentar el ego de un presidente que siempre he aborrecido. Haber discutido cuestiones políticas con compañeros apristas, haber odiado al Apra, gran juez de las elecciones del 90, por la nunca asención de Vargas Llosa a presidente, haber querido entrar a la política algunos años atrás...ya no valen, ya no cuentan, pues, al parecer, soy parte de un juego que surgió del capricho del señor Alan García. Me niego a seguir siendo un peón más de un presidente que no sabe, ni por asomo de intuición, lo que ocurre día a día en la Casa. El día en que una institución pública cultural tenga una administración con lo suficientes cojones como para pedir un presupuesto decente, ese día ya no lloverá más sobre mojado, ese día el respeto habrá dejado de ser una palabra extraña para la cultura. Ese día, quizá, será el inicio de una etapa de revolución cultural en la cual aún mantengo la esperanza.
domingo, diciembre 27, 2009
La sobrevivencia como desafío
¿Hay una forma universal de resistencia? ¿Existe alguna virtud en dar muerte como una tentación para preservar otras vidas? Y, si la venganza consiste en saldar cuentas pesadas que oxidan el alma, ¿acaso no iríamos tras ella para saciar la ira interna que la muerte de nuestros seres más cercanos produjo?Desafío de Edward Zwick presenta la radiografía de tres hermanos judíos en Bielorrusia cuyo único fin por aquellos nefastos años de entre guerra (1941) sería lo que para muchos es lo más simple y anodinos de todos nuestros actos: la sobrevivencia.
Y para sobrevivir del exterminio y la carnicería nazi habrá que seguir dos líneas paralelas, dos vertientes que simbolizan los polos opuestos de resistencia: entre el ojo por ojo; es decir, el aniquilamiento de nazis para abrirse paso hacia un futuro incierto, sin tregua y que denota la venganza reprimida donde matar se erige como una virtud para mantener con vida a los suyos. Y, desde el campo contrario, escogiendo la bandera de la resistencia pacífica, visionando tiempos mejores, siguiendo un humanismo que los reprime de utilizar la venganza como propuesta de salvación.
Películas sobre la bestialidad del nazismo y el despiadado exterminio de judíos desposeídos, desvalidos e indefensos hemos visto muchas; por tanto, la puesta en escena de Zwick de introducirnos en la odisea de los hermanos Bielski que, escogiendo caminos distintos, lograron sobrevivir a la masacre del holocausto, resulta interesante pues la piedad y compasión que el espectador acostumbrado a este tipo de filmes suele tener, desaparece por completo, se diluye como agua de verano y observamos, por el contrario, el coraje, la venganza, la asunción del liderazgo y el valor unánime de judíos errantes que creyeron en la posibilidad de resistencia y cuyo único objetivo era simplemente alargar la vida misma.
Sin embargo, la presencia de un arquetipo desdibuja una película. Y ese es justamente lo que ocurre con algunas escenas en Desafío. Cuando el líder de la resistencia pacífica Tuvia (Daniel Craig) arenga a los judíos que lo siguen a sobrellevar los malos tiempos, lo hace subiéndose a un caballo lo cual nos remite rápidamente al Brave Heart de Mel Gibson. El sello de un director habita en la originalidad que le imprime.La otra ocurre cuando el grupo de judíos al escapar del bombardeo alemán se encuentra cara a cara con el río que, sin otra alternativa, deben cruzarlo. Es Pascua. Recuerdan a Moisés cuando abrió el mar y se cargan de valor y fe. El paralelismo religioso para explicitar la creencia bíblica del judaísmo sobra en esta escena puesto que la efervescencia y el fanatismo que encierra una religión es suficiente motivo de expresión.
No es una película imprescindible ni una obra maestra, pero Zwick se encarga de narrar los hechos sin asumir la denuncia que este tipo de filmes alberga como una forma de presentar la autoindulgencia. Cumple con la verosimilitud del relato y nos presenta un hecho histórico de la colectividad de judíos sobrevivientes desde una perspectiva ya no de la indefensión de los oprimidos sino de la entrega y la temeridad, el valor y el arrojo que procuraron la conquista de sus propias vidas.
lunes, diciembre 14, 2009
Carta a Violeta (Gustavo Valcárcel)
La tentación de copiar un poema, un pequeño verso, de ojearlo y haber querido escribirlo tal como está, siempre encerrará los misterios de la genialidad que tocó las fibras de su autor. Quiero transcribir, por eso, unos cuantos versos que me robé de Gustavo Valcárcel quien dedicó este poema desgarradoramente bello a Violeta, su amada. O, en palabras más dignas que rescatan la esencia de este poema, dedicado a su esposa González Vigil sostiene que "quizás por ellos las páginas más notables de Valcárcel estén dedicadas al amor, sobre todo a su esposa Violeta Carnero, compañera ejemplar, verdadero pilar de su existencia".Después de tantos meses de silencio
sentí esta mañana el deseo de escribirte
de escribirte una cosa muy sencilla:
para tanto amor, hemos sufrido poco,
para tanto amor, hemos hablado poco,
para tanto amor, no hemos vivido nada.
Vivir -¿me oyes?- vivir un día nuevo
en el que nadie nos persiga
ni nadie nos embargue
ni se nos corte la luz por unos pesos
ni se nos acuse de extranjeros.
Vivir un día nuevo
en el que trabajemos sin lágrimas ni odios
pudiendo sentirnos camaradas de todos
y en el que por fin nos sea devuelto
el Perú de nuestras entrañas, nuestro Perú del llanto.
Vivir -¿me oyes?- vivir un día nuevo
en el que la vergüenza no nos astille el ojo
como cuando se enteran nuestros hijos
de esta paternal orfandad de dos monedas.
Vivir un nuevo día. Un día, en suma,
en el que podamos cantar todos los hombres
después de sentarnos en la yerba
a jugar a la comidita
-como dice nuestra hija-
sin que a nadie le falte de comer.
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